« Después de la película | INICIO | Agradable sorpresa »

Mayo 02, 2005

Un día en la Gomera

Mi mujer, Alba y yo íbamos a diario a la playa, o bien hacíamos excursiones, y por las noches disfrutábamos tranquilos en el apartamento o salíamos a tomar copas aprovechando el perfecto clima canario. Unas vacaciones totalmente antiestrés.

Nuestra playa de referencia, más por cercanía que por que nos encantase era la de las Américas, siempre atestada de británicos y alemanes. Hartos de semejante paisaje veraniego decidimos investigar nuevos lares, donde sobre todo, poder aposentarnos con una cierta intimidad y no a tres centímetros de grupos de guiris aficionados a los vapores etílicos. Y como preguntando se llega a Roma, decidimos coger el ferry y acercarnos a la Gomera. Allí descubrimos un lugar de arena negra y salvaguardado de muchedumbres por hermosas montañas volcánicas. La cala de la Hermigua se llama. Y en la cala pasamos el día, rodeados tan sólo de algunas parejas, muchas de ellas nudistas, y el resto en top less. Alba no es muy partidaria de enseñar su cuerpo. Sus razones, desde luego, no son puritanas sino más bien pudorosas. Yo la intenté convencer de que al menos se quitara la parte de arriba del bikini. De hecho era la única mujer en toda la caleta que llevaba la prenda. Pero se resistió. Sus argumentos siempre son los mismos, sostiene que tiene los pezones muy grandes y que le da vergüenza. A mí, todo sea dicho, sus pezones me encantan y siempre me ha dado cierto morbo compartir esa vista de la que yo disfruto a menudo con los demás. Finalmente decidí pasar a la acción y fui yo quien se despojó del bañador. Parece que tomé la medida acertada porque finalmente, cedió a mis peticiones y se despojó de la parte de arriba del bikini. Y así seguimos en la playa tomando el sol, paseando, bañándonos y yo cada vez más excitado por la situación. Repito que la exhibición de los pechos de mi mujer me producía cierto morbo. El caso es que fue atardeciendo y al tiempo vaciándose la cala. Paseando llegamos a un lugar resguardado por rocas, ahí nos sentamos a contemplar la puesta del sol, y con el día que llevaba no pude evitar ponerme cariñoso con Alba. Comencé a besarla y yo ya con una erección completa y envalentonado por la soledad del lugar comencé a meter mano a Alba por debajo de la braguita del bikini. Estaba excitada se le notaba en la humedad de su vagina y por lo tanto seguí adelante la tumbé en la arena, la despojé de su prenda y levantándole las piernas le introduje el pene. El calentón del momento propició un rápido orgasmo conjunto. A mi mujer y a mí siempre nos ha gustado hacer el amor al aire libre. Aunque tímidos, sobretodo ella, cuando la pasión nos puede no nos cortamos. Y en alguna situación nos han pillado. Ese fue el caso de aquel día. Cuando acabamos y fuimos más conscientes de nuestro entorno pudimos ver a una pareja que nos observaba a una cierta distancia. No sabemos cuanto tiempo llevaban mirando, pero pillarnos nos habían pillado. Alba se puso la parte de abajo del bikini. Y decidimos ir a por el resto de la ropa. A ella no le hacía mucha gracia pero para mi morboso cerebro la situación era de lo más satisfactoria. Cuando llegamos a nuestra toalla era prácticamente de noche y decidimos emprender el regreso porque debíamos coger el ferry de vuelta a Tenerife.

Pero la jornada nos iba a deparar nuevas sorpresas. Nos perdimos con el coche alquilado que llevábamos y cuando por fin llegamos al puerto, el ferry estaba ya en su destino. La situación por tanto no era halagüeña. Estábamos en la Gomera, sin hospedaje con poca ropa y eran las 10 de la noche. La verdad el día había ido muy bien pero ahora estábamos de bastante mal humor. Aún así nos pusimos en marcha para buscar donde dormir esa noche. En plena temporada alta y dadas las horas, el asunto no se presentaba fácil. Preguntamos en varios hostales y la respuesta fue la misma en todos: “Completo”. Sólo se me ocurrió una solución dormir en una playa. No era la primera vez, cuando éramos más jóvenes lo hacíamos a menudo, ahora ya con cerca de 30 años y más aburguesados la idea no nos hacía tanta gracia pero decidimos animarnos tomando una copa en algún chiringuito para, al menos, disfrutar de la noche. Alba era la más reticente al plan, pero no había otro. Aún así en la terraza donde fuimos pensó en hacer un último intento y preguntar al camarero si conocía algún lugar donde pudieran darnos cama. El camarero no nos proporcionó ninguna solución pero la conversación la escuchó una mujer que estaba en la barra pidiendo su consumición. Se acercó a Alba y le dijo en un bonito acento canario. Esa era la parte del plan que meno nos gustaba. No es que seamos antipáticos, pero tampoco destacamos por nuestra sociabilidad. No somos la clase de pareja que se va de vacaciones y acaba haciendo amigos. Aún así la simpatía de Carmen calmó nuestras reticencias. Era una mujer algunos años mayor que nosotros, de unos 33 o 34 suponía yo. Muy morena y de caderas anchas que para mí al menos es un punto de atractivo. Su pelo largo lo llevaba suelto y caía sobre los hombros descubiertos por una camiseta de tiras que le realzaba sus pechos todavía en buena forma. Así llegamos a la mesa donde nos esperaban el marido de Carmen y su pareja amiga. Les explicó la situación y la oferta que nos había hecho y los tres inmediatamente aceptaron con enormes muestras de satisfacción. La verdad es que, este grupo rebosaba simpatía y hospitalidad. El marido de Carmen, Carlos, era un hombre de su misma edad, también muy moreno, atractivo aunque ya se vislumbraba cierta barriga cervecera. La otra pareja no era canaria, eran vascos, más jóvenes que sus anfitriones, rodeando la treintena como nosotros. La chica Nerea era rubia y de ojos marrones, y su novio Iñaki moreno y de pelo corto ambos con cierto aire norteño por sus espaldas anchas y rostro alargado, en conjunto daban apariencia de ser gente sana y atractiva.

Nos ofrecieron sitio en su mesa y allí empezamos a conocernos, a hablar de nuestros orígenes, vacaciones y aventuras. La conversación era fácil entre todo el grupo ayudada por una cuantas cervezas y copas. Supimos que ellos se habían conocido este verano y que Carmen y Carlos habían convencido a Nerea e Iñaki para dejar el hotel donde estaban hospedados y alojarse en su casa. La hospitalidad del matrimonio canario no tenía limites. Estos vivían en Santa Cruz de Tenerife pero en verano se trasladaban a su casa de la Gomera. La noche transcurría de forma amena entre conversación y copas. Carlos propuso irnos para casa y allí preparar unos mojitos y seguir con la tertulia y a todos nos pareció bien. Y allí que nos fuimos, a una casa de tres pisos, de arquitectura mahorera. Desde la terraza-azotea contemplábamos el mar. Carlos puso música y mientras Carmen y Alba preparaban los mojitos. Eran cerca de las dos de la mañana pero ninguno de los 6 demostramos interés alguno por acostarnos. Una hora y tres rondas de mojitos mas tarde la conversación seguía muy animada. Fue aproximadamente a esa hora cuando la noche iba a dar una nueva vuelta de tuerca. Nuestros recientes amigos nos contaron que se conocieron en la caleta de la Hermigua practicando nudismo. Nosotros nos sorprendimos por la casualidad .No supimos como reaccionar. No nos dio tiempo en su momento a fijarnos en la pareja que nos había pillado en media faena, y ahora resulta que habíamos acabado en su casa. Pero fue Carmen quien nos contó algo más sobre nuestra pareja anfitriona aprovechando el tema. Yo sabía a que se refería, con lo de swinger, de hecho es una de las fantasías que me rondan la cabeza desde hace tiempo, pero sólo como eso, fantasía, más que como potencial realidad. Siempre me ha excitado mucho imaginarme a Alba con otros hombres (y mujeres). A lo largo de nuestra relación no hemos sido especialmente celosos ni fieles, y cuando Alba me confesaba que había tenido alguna aventura, en lugar de enfadarme me provocaba una profunda excitación, que con ella intentaba disimular y aparentar cierto malestar. Normalmente lo mínimo indispensable para mantener una imagen de novio al uso. Ella también era bastante tolerante con mis escarceos con otras mujeres. Pero ni mucho menos nos habíamos planteado el adentrarnos en el mundo del intercambio de parejas. Tanto es así que Alba desconocía el término swinger

A lo que Nerea e Iñaki asintieron. Los cuatro nos contaron sus experiencias veraniegas que incluían intercambio y fiestas de alto voltaje. Total, que sin comerlo ni beberlo, nos encontrábamos alojados en la casa de un matrimonio liberal que compartían estancia con otra pareja liberal. Yo empezaba a encontrar interesante la situación. Mi fantasía de compartir a Alba unida a los ya bastantes litros de alcohol ingeridos eran una mezcla peligrosa. Nunca me había atrevido a comentar abiertamente con Alba estos deseos liberales. Aunque entre bromas solíamos calentarnos con jueguecitos de roles en los que, a veces, me pedía que interpretara a otro, mientras ella disfrutaba simulando ser una esposa adúltera. También le gustaba excitarme con el recuerdo de sus experiencias lésbicas de su adolescencia. Ella sabe muy bien que esto suele ser una técnica que garantiza al cien por cien mi punto de ebullición sexual. Pero como digo, nunca me había atrevido a proponerle acudir a un club de parejas o contactar con alguien a través de Internet porque hasta yo dudaba que fuera a acabar bien la experiencia. Y no ya porque Alba lo rechazara sino porque no sabía como podía responder yo mismo. Me lo tomaba sólo como una de mis muchas fantasías. Pero ahora la situación era distinta, estábamos en la boca del lobo y yo estaba expectante. De momento lo que me sorprendió fue la curiosidad de Alba por el mundo swinger. Animada por las tres o cuatro copas que llevaba en el cuerpo no paraba de hacer preguntas a los cuatro amigos sobre este mundo.Lo preparamos todo incluyendo una nueva ronda de mojitos. Íbamos a jugar al rey, esclavo y verdugo. Juego que consistía en que uno ordenaba, otro ejecutaba y un tercero “sufría” la orden. Peor para no empezar muy fuerte la primera parte del juego sólo sería de quitarnos prendas. No llevábamos muchas todos estábamos en pantalón corto y camiseta. Con lo cual esta parte del juego se presumía breve. Empezó perdiendo Nerea que con un gesto de falso pudor se desprendió de una de sus sandalias. La siguiente fue mi mujer, Alba que siguiendo los pasos de nuestra amiga también se descalzó. Unas rodas más adelante, sólo yo seguí con mis chanclas en los pies el resto debía ya de perder alguna prenda “interesante”. Sin embargo mis expectativas se vieron defraudadas porque el siguiente en quitarse la camiseta fue Carlos que dejó al aire su saludable torso con su incipiente barriga.

Escrito por: Carlos | Mayo 2, 2005 10:28 AM

Comentarios